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El infierno del sol naciente: La destrucción de Hiroshima

 En 1941, al comenzar la Guerra del Pacífico, los estadounidenses fueron sorprendidos en Pearl Harbor por los japoneses.

  En respuesta , el ejército de Estados Unidos procedió secretamente a realizar una serie de investigaciones científicas durante cuatro años. En 1945, el Proyecto Manhattan llegaba a su fin: la bomba atómica había sido creada.

Venganza américana

El bombardeo de Hiroshima fué la respuesta de los americanos al ataque perpetuado a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 por la aviación japonesa. Humillado, el ejército de Estados Unidos comenzó a preparar, a partir de 1942, bajo el más riguroso secreto, el Proyecto Manhattan.

Dirigido por el general Leslie Groves, con Robert Oppenheimer como director científico, cerca de 6000 personas se pusieron a trabajar en dicho proyecto. Fue en este gigantesco laboratorio en el desierto de Nuevo México que se realizaron las pruebas y se perfeccionó el diseño de la bomba atómica durante tres años, hasta su conclusión, el 15 de julio de 1945. Tres bombas atómicas estabán listas para ser utilizadas.

Ahora ya sólo quedaba probarlas realmente. El primer ensayo nuclear, conocido bajo el nombre de "Trinity", tuvo lugar el 16 de julio de 1945. En cuanto a la segunda bomba, ésta sería lanzada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945... tres días antes de la tercera, que destruiría Nagasaki el 9 de agosto de 1945, y que condenaría al pueblo japones a la capitulación.

Hiroshima hecha cenizas

21 días después del primer ensayo nuclear, el avión bombardero Enola Gay, piloteado por el coronel Paul Tibbets, dejó caer la llamada Little Boy sobre Hiroshima—una ciudad guarnición japonesa que no había sido bombardeada durante la guerra—el 6 de agosto de 1945, a las 8h15. En unos cuantos segundos, la ciudad se convirtió en una pila de escombros. Sus habitantes vivieron el fin del mundo.

Una verdadera tormenta de fuego arrasó la ciudad destruyéndolo todo: inmuebles, puentes, árboles e incinerando toda forma de vida. En un suspiro, la ciudad se hundió en una oscuridad total.

Mientras que los aviones B-29, tras cumplir su misión, regresaban sin sufrir daños a sus bases, los sobrevivientes de Hiroshima experimentaban el horror. Una lluvia negra de polvo atómico cubría las ruínas. Lo que siguió fue el Apocalípsis.

Una ciudad fantasma

Hiroshima se encontraba reducida a cenizas, entre las que podían verse, vagando, errantes figuras fantasmales y seres descarnados. No se escuchaba ni un sólo ruido. Era como si un monstruo de fuego se hubiera tragado la ciudad. El mundo jamás volvería a ser el mismo.

Robert Guillain, enviado especial del periódico Le Monde, no podía creer lo que veían sus ojos ni el vacío que envolvía sus oídos: el silencio había invadido la ciudad. La censura instaurada por el ejército américano le impedía aproximarse a los sobrevivientes. La carástrofe había cobrado cientos de miles de vidas, lo cual se fue descubriendo a medida que pasaban las horas.

Entre los sobrevivientes, se encontraban adolescentes de 15 o 16 años que, para poder formar una familia o tan sólo para encontrar un empleo, tuvieron que mentir toda su vida sobre el hecho de que habían estado presentes en el lugar. Irradiados y después discriminados.

Efectos invisibles

A partir del día siguiente del bombardeo, y luego durante años, se desarrollaron cánceres invicibles, pero invencibles.

Cuerpos mutilados, pieles carbonizadas...tales fueron las secuelas de las que los científicos norteamericanos fueron testigos en Japón hasta el año 1952. Su misión no era curar a los heridos, sino documentar los efectos de la bomba atómica.

El ejército de Estados Unidos fue a Japón a hacer investigaciones sobre los efectos y las consecuencias de la bomba atómica, a costa de las víctimas y de millares de muertos. Todo es experiencia e investigación. Los japoneses habían perdido la guerra, los supervivientes no estaban ahí más que para hacer de cobayas.


Fuente: https://www.radiofrance.fr/franceculture/podcasts/serie-6-aout-1945-hiroshima-l-apocalypse-nucleaire

Traducción: H. Castillo

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