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La irracionalidad de la guerra

"Estamos locos, decía Séneca, tanto en lo individual, como en lo colectivo. Castigamos los asesinatos aislados, mas no la guerra."


Toda guerra es una locura

Ninguna guerra, por justa y necesaria que parezca, es un acto racional.

La guerra es una tragedia estúpida en la que enjambres de militares, en vez de emplear sus capacidades en labores que beneficien a la sociedad, son convertidos en carne de cañón para alimentar a esa bestia insaciable que seduce y devora al ser humano desde tiempos inmemorables. 

Las naciones ven comprometido su desarrollo cuando miles, si no millones de civiles ("daños colaterales") pierden la vida a causa de los combates. Gente que sólo quiere vivir en paz, sin la preocupación de que les caiga una bomba en el tejado.

Ver a los niños atrapados en un torbellino de violencia incomprensible sacude como un terremoto implacable los más profundos cimientos de nuestra psique. Vidas que apenas comienzan, pero que, ya sea por la ocurrencia de algún político o por los intereses estratégicos de alguna potencia militar, se apagan como destellos fugaces en la niebla.

"¿Qué diferencia tiene para los muertos, los huérfanos y aquellos que se han quedado sin hogar, si la destrucción viene en nombre del totalitarismo, o en el santo nombre de la libertad o la democracia?"

—Mahatma Ghandi


La guerra es un desperdicio de recursos

Las pérdidas no solamente se nos presentan en términos de vidas humanas—que es lo más terrible—, sino también en términos económicos.

Los costos materiales de las guerras siempre han sido muy elevados; pero, si nos centramos en lo que cuesta financiar una guerra del siglo XXI, estaremos entrando de lleno al terreno de la exorbitancia.

Los montos que las potencias militares están dispuestas a dilapidar con la finalidad de destruirse mutuamente van mucho más allá de lo que, en la mayoría de los casos, ni siquiera consideran razonable gastar en salud, educación y pensiones. ¿Se imaginan la cantidad de proyectos públicos y privados que se podrían financiar con menos de la mitad de lo que cuesta mantener una ocupación militar sobre países pequeños como Panamá o la isla de Granada? Ya no digamos lo que un país como Rusia podría invertir en mejorar la vida de sus ciudadanos con apenas una fracción de lo que está despilfarrando en Ucrania.

¿Qué habría pasado si Alemania, en vez de haber destinado tanto dinero a pagar indemnizaciones, lo hubiera enviado en forma de ayuda humanitaria a sus ex-colonias? Probablemente, las perspectivas de Togo, Somalia, Camerún, etc. serían algo más promisorias.

"El factor económico, según apunta el escritor Naief Yehya en su libro Guerra y propaganda, Medios masivos y el mito bélico en Estados Unidos, tiene cierto peso en las decisiones de ir a la guerra, especialmente en el caso de acciones militares como la invasión estadounidense y británica en 2003 a Irak, motivada por los inmensos yacimientos petrolíferos de dicho país, aparte de las enormes posibilidades estratégicas que ofrece el control de la región. Pero en general es claro que a partir de la Revolución Industrial, y más específicamente desde la Primera Guerra Mundial, los costos de la guerra moderna y la destrucción que produce son mucho más onerosos que cualquier botín. Además, el factor económico no tiene el poder de amalgamar voluntades ni encender pasiones populares."

Es evidente que, con exepción de ciertos sectores minoritarios que se dedican a la producción y venta de armamento, y salvo algunos inversionistas muy poderosos—de moral, digamos, "flexible"—que lucran con todo lo relacionado a la infraestructura bélica, la guerra es, en lo general, un mal negocio.

Podría parecer contraintuitivo, pero, actualmente, la relación costo-beneficio no suele ser favorable para aquellos gobiernos que emprenden una aventura bélica.


La guerra no soluciona nada

A pesar del alto costo en vidas humanas y en dólares, euros, rublos o la moneda que esté de moda, no faltarán quienes digan que algunas guerras son necesarias para resolver determinados conflictos, o para remediar tales o cuales injusticias, o defender estos o aquellos "ideales"... en fin, ustedes saben a lo que me refiero.

Pue sí, de pronto parecería que algunas guerras no son del todo una mala idea. Pero esto es un espejismo. La verdad es que la guerra no sirve para solucionar los problemas del mundo.

Los acuerdos a los que llegan—muy a regañadientes—los bandos beligerantes luego de haberse enfrentado por medio de las armas, nunca dejan del todo satisfechos a quienes se ven obligados a firmalos, ni a quienes, sintiéndose con derecho de exigir más por el hecho de haber "ganado", necesariamente tienen que ofrecer ciertas concesiones en aras de una transición menos áspera hacia una supuesta paz que, si acaso llegara a concretarse, tardaría varios años en afianzarse del todo. Para que nos hagamos una idea, basta con revisar los términos bajo los cuales se firmó el infame Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919.

Me atrevería a decir que las guerras, al igual que la materia, no se crean, ni se destruyen... sólo se transforman.


La guerra es y será siempre una constante

El instinto bélico es una pesada carga que estamos condenados a sufrir como especie hasta el día de la extinción. Así como siempre han existido las enfermedades mentales, así siempre existirá la guerra.

La guerra, como la mente, jamás dejará de ser un abismo misterioso.


Hernán Castillo




        




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