La crisis de los misiles arancelarios ha sido superada..., por ahora.
En todo caso, tenemos que irnos haciendo a la idea de que los chantajitos de este tipo por parte de nuestro vecino del norte serán cada vez más comunes y cada vez más difíciles de torear. Ya veremos en un mes en qué acaba todo esto. De momento, no nos queda de otra que tratar de entender ante qué clase de bicho estamos.
Donald Trump, como lo describió el periodista Julio Astillero en su canal de YouTube, es un tipo "predeciblemente disruptivo". Burdo en su trato y agresivo a la hora de negociar. Muchos opinan que es un idiota. Otros piensan que ha perdido la cabeza. Pero no, ni es estúpido ni está loco. Pensar así nos impide ver lo que realmente está detrás de sus aparentes y no poco frecuentes disparates. Caer en el simplismo no nos servirá de mucho si lo que queremos es descifrar el misterio que supone conocer cuáles son sus verdaderos objetivos. Para entender por qué Donald Trump se conduce de esta manera tan desenfrenada debemos, antes que nada, saber a qué demonios está jugando. Descubrir qué estrategia está utilizando para dominar el tablero.
Desde que asumió por segunda vez la presidencia de los Estados Unidos, la patata naranja no ha hecho más que atacar a sus adversarios y amedrentar a sus vecinos y aliados con amenazas de imposición de aranceles ("tariffs", su palabra favorita) e intervenciones de todo tipo. Incluso ha llegado al extremo de declarar que estaría dispuesto a utilizar a las fuerzas armadas, en caso de ser necesario, para hacer valer su divisa de "Make America Great Again". Groenlandia (Dinamarca), Panamá, Canadá, México y, ahora también, al parecer, la franja de Gaza (Palestina) son, según él, legítimos objetivos militares.
¿Una locura?
No.
La clave se encuentra precisamente en eso: en hacernos creer que ha perdido la razón. En que nada ni nadie podrá enfrentarse al gigante norteamericano; ya que, además de su gran fuerza económica y armamentista, a Estados Unidos lo gobierna un hombre que está dispuesto a todo con tal de salirse con la suya, sin importar las consecuencias.
La idea es mantener a todo el mundo asustado permanentemente.
El juego se llama: "DISRUPCIÓN CRÓNICA".
Al igual que la mayoría de quienes hemos estado al pendiente de los dichos y hechos de Don Melanio (me encantó el sombrero de sepulturero de la esposa, por cierto), yo también llevo varios días preguntándome cuáles serán las auténticas intenciones del gran durazno radioactivo.
Me queda claro que lo suyo no es un tema ideológico, ya que Trump es un político agnóstico de corte pragmático. Un algoritmo con patas que ajusta sus principios y sus declaraciones al gusto de sus votantes.
Tampoco es un asunto económico. Cualquiera que entienda un poco de cómo funcionan los aranceles sabe bien que declararle la guerra comercial a tus mejores aliados es no solo ilógico, sino de alto riesgo para la propia economía de su nación. Lo único que lograría sería desatar una crisis artificial e innecesaria, que acabaría por desestabilizar la región.
Y aquí es donde se pone buena la cosa.
¿Qué ganan los E.E.U.U. al desestabilizar Norteamérica?
Uno de los efectos inmediatos de toda acción disruptiva es el desequilibrio.
Ser disruptivo puede ser algo positivo si nuestra intención es transformar el estado habitual de las cosas para bien; cambiar la estructura o el comportamiento de los sistemas dominantes para mejorarlos. Pero en el caso del habitante de la Casa Blanca, la inclinación a desajustar el status quo deriva de una necesidad personal de liberar sus impulso de agresividad.
La conducta disruptiva de Trump no es innovadora. La conducta disruptiva de este bebé gigante es más bien soez, insolente, egoísta y provocadora.
Ahora bien, que su actitud disruptiva cuente con tantos aspectos negativos no significa que ésta no tenga un valor estratégico.
La disrupción, incluso cuando no parezca tener un sentido económico o diplomático a corto plazo, puede ser una buena estrategia geopoĺitica para alcanzar objetivos más amplios. Metas a largo plazo cuya finalidad sea aprovechar al máximo cambios potenciales en las dinámicas de poder y, así, desestabilizar a sus competidores.
Generar el caos y sembrar la incertidumbre dentro de la esfera de influencia de un rival es una de las mejores acciones que se pueden tomar para debilitarlo. Instigar la discordia entre nuestros enemigos y sus aliados, o torpedear su estabilidad económica, reducirá significativamente su influencia a nivel global. Al desequilibrar el estatus quo, una nación puede posicionarse favorablemente para llenar el vacío resultante, lo cual le otorgará ventajas importantes a la hora de negociar, ya sean las disposiciones de un tratado comercial o los términos de una controversia diplomática.
La inestabilidad, para quien la utiliza como un arma, puede ser una ficha de negociación. Al provocarla, un gobierno puede forzar a otros a negociar, y extraerles concesiones que, de otra manera, jamás estarían dispuestos a conceder. Si se cuenta con fuerza suficiente, bloquear una ruta comercial usada por los oponentes, o sabotear su infraestructura energética, por ejemplo, bastarán para presionarlos a que acepten nuestras demandas.
Otro beneficio derivado de esta estrategia es que revela las debilidades de los sistemas, alianzas y planes del contrario. Su reacción a nuestros ataques nos permite recabar inteligencia. Inteligencia que nos será de gran utilidad para mejorar nuestras tácticas. También pone al descubierto las divisiones existentes al interior de su coalición; lo cual facilitará explotar esas fisuras en el futuro.
El juego es a largo plazo.
Las ganancias no necesariamente se harán evidentes durante las primeras etapas del conflicto. La idea es ir construyendo, poco a poco, los escenarios más favorables para cosechar los frutos de las ventajas obtenidas a lo largo del tiempo. Formar parte de una región inestable, puede ser factor suficiente para que una potencia emergente no logre desarrollarse apropiadamente. Este subdesarrollo genera oportunidades para el intervencionismo extranjero. Muy conveniente.
Los países víctimas de este tipo de manipulaciones se ven obligados a desviar recursos que podrían utilizar para competir en otras áreas hacia acciones y políticas para tratar de mitigar el caos. El impacto político y psicológico resultante suele ser devastador.
Al país agresor, en cambio, ser visto como una fuerza impredecible le sienta a las mil maravillas. ¿Quién, en su sano juicio, va a querer enfrentarse a un desquiciado que saca un cuchillo cada vez que alguien le pide permiso para pasar? Y si este país, además, es gobernado por un populista autoritario, la táctica del borracho loco que le grita a sus vecinos despertará en muchos de sus seguidores un sentimiento nacionalista exacerbado que los mantendrá distraídos de los problemas internos. La cortina de humo perfecta.
¿Ya mencioné que la disrupción crónica puede estirar la liga de las relaciones entre países aliados hasta el punto de confrontar sus intereses de tal manera que tengan que escoger entre uno y otro de los beligerantes? Imponer sanciones o aranceles a un país genera fricciones difíciles de suavizar entre dicho país y sus socios comerciales; debilita las instituciones multilaterales y aquellas alianzas en detrimento de los intereses de la potencia disruptiva.
Pero hay que tener cuidado. La disrupción es un arma de doble filo. Nada le impide a un país relativamente más débil usarla en contra de otro más fuerte. David contra Goliath. ¿Les suena?
Rusia, con sus ciberataques, su desinformación y su maquinaría de propaganda, es un buen ejemplo. China, con su iniciativa comercial de la ruta de la seda y el desarrollo de la inteligencia artificial Deepseek, es otro.
Los riesgos ahí están. Las consecuencias no deseadas se pueden producir en cualquier momento. La confianza se puede perder en un santiamén.
Si Trump continua por ese camino, podría convertir a su país en una entidad aislada de la diplomacia internacional y, a la larga, del sistema económico mundial.
Aunque, pensándolo bien, tal vez eso sea exactamente lo que quiere.
Hernán Castillo.
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